Las luces amarillas que resisten a pesar de las buenas campañas
La Argentina tendrá, si los pronósticos aciertan sobre los resultados del nuevo ciclo productivo que se está poniendo en marcha, dos buenas campañas consecutivas, con niveles productivos récord para la agricultura.
De hecho, la Bolsa de Cereales de Buenos Aires presentó esta semana los cálculos de la campaña 2026/27 y allí detalló que Argentina podría alcanzar una producción de 157,9 millones de toneladas, frente a los 157,1 millones del ciclo anterior. Dos marcas extraordinarias para el país, que sin dudas podrían continuar creciendo con determinadas condiciones que hoy no están disponibles.
Así, los agricultores de todo el país volvieron a mostrar la capacidad de producir granos para destinar a múltiples destinos, tanto geográficos como productivos. Los cereales y oleaginosas argentinos cruzan el mundo para llegar a China o Vietnam. Pero también desembarcan en África o la Unión Europea. A su vez, se transforman también en insumos para producir alimentos, carne, energía u otros productos menos conocidos, como pasta dental.
Pero ese volumen productivo, que siempre tiene como dato destacado la generación de divisas y el monto que el Estado nacional termina recaudando por los derechos de exportación, esconden una ecuación tranquera adentro que se ubica lejos de ser holgada.
Es que terminó un ciclo con turbulencias surgidas del contexto internacional, con insumos que complicaron el desarrollo de la campañan. Las guerras en Medio Oriente y Ucrania impactan de lleno en el mercado mundial del agro. La primera por los insumos, especialmete la urea; la segunda, por las dificultades crecientes en el comercio mundial de granos.
Al final del camino, cuando el productor entrega sus granos y analiza sus ingresos y costos, en muchos casos necesita de grandes rindes para torcer la balanza a su favor.
Vale recordar que el productor argentino corre con una gran desventaja en el concierto global por tener que cargar con el pesado costo de las retenciones, que no están en Brasil o Estados Unidos, por mencionar dos grandes generadores de granos. En definitiva son recursos que no tiene para incorporar más tecnología y mejorar más aún sus rindes. Por lo tanto, eliminar ese impuesto distorsivo no sólo generaría mayores volúmenes de cosecha, sino menores costos en la ecuación productiva.
En ese plano, no sólo retenciones debe ser central en una reforma tributaria aún pendiente en el país, que no sólo debe preocuparse por reducir presión tributaria, sino también en simplificarle la actividad a los contribuyenes. Es insostenible tener 150 impuestos vigentes y sólo 6 aportan el 85% de la recaudación. Existe una jungla impositiva sin sentido, con superposición de los distintos niveles estatales que es urgente empezar a desmalezar. En definitiva, el país reclama a gritos un sistema tributario que mejore en calidad y cantidad lo que se fue montando con el correr de los años hasta hacerse incomprensible.
Lo cierto es que allí radica también gran parte de la razón por la que los grandilocuentes números productivos no se condicen con la realidad que viven muchos productores.
Hay que agregar, finalmente, que la carga tributaria no sólo afecta a los que producen, sino que también provoca que muchos decidan no producir. Y allí entonces hay otro potencial factor positivo: mejores condiciones pueden lograr que zonas que hoy son inviables económicamente puedan incorporarse al mapa agrícola nacional, sumando más actividad a zonas que se mantienen fuera de las fronteras productivas.


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