El crecimiento de otros sectores, una oportunidad nueva para el agro
Una de las noticias más llamativas en el plano económico-productivo de la Argentina esta semana fue que el aceite de petróleo se convirtió en el principal bien exportado del país, superando a la harina de soja, que cedió el trono después de mucho tiempo.
Hay, en esa novedad, un aspecto que no resulta extraño en el país y es cierta interés antagonista entre sectores, algo que en otras épocas tomó forma con “campo o industria” y que indefectiblemente terminó en peores resultados para cada uno de ellos y para el conjunto.
La irrupción de Vaca Muerta no puede ser más que una buena noticia para Argentina y todos sus sectores, muchos de los cuales pueden tener allí también oportunidades impensadas tiempo atrás y que para eso deberán intentar reconversiones o adaptaciones. Pero en el caso del agro, que un producto de la cuenca neuquina se convierta en el líder de las exportaciones nacionales en detrimento de otro surgido de la agroidustria, también debe ser considerado una gran novedad. Especialmente porque hay un aspecto central en la economía argentina que el agro venía ocupándose casi en exclusiva: la generación de dólares. Se sabe, por una larga tradición de crisis cíclicas, que el país padeció cada vez que hubo una sequía o alguna dificultad productiva en el campo. Por eso, que ahora ya no sea un único actor el responsable de aportar las divisas necesarias para el funcionamiento de la economía implica necesariamente que ese protagonista tendrá ahora diluida en parte su responsabilidad. Y eso, necesariamente, es un aspecto positivo.
En el plano general, ingresó un complemento que además no depende de factores externos incontrolables, como el clima, a jugar su partido. Lo que asegura más estabilidad en el año a año. Pero también, y eso lo remarcó el presidente Javier Milei en su discurso del último domingo en Palermo, algo que no escapa a quienes siguen de cerca estos temas: en la medida en que otros actores crezcan en relevancia en el comercio exterior habrá menos presión sobre el gran protagonista de las últimas décadas, que fue el campo y los productores. Lo que implica que cuanto más crezcan los hidrocarburos y la minería en la balanza comercial, menos condicionamientos tendrá el agro. El Presidente tradujo eso en una mayor posibilidad de acelerar la quita de retenciones, algo que es una necesidad para recomponer una ecuación económica que muchos productores están padeciendo, aún en un contexto de buenas cosechas.
Eso es parte de un círculo virtuoso y una nueva oportunidad que se materializa para el país, porque a su vez, sin retenciones, el agro podría explotar más aún su enorme potencial, lo que redundará en más volumen productivo, más inversión y, finalmente, más crecimiento.
En definitiva se podría avanzar en un esquema de mayor equidad entre sectores como contraposición a un desequilibrio manifiesto en el que unos reciben subsidios y otros impuestos distorsivos. No se trata de no pagar impuestos, sino de que estos sean justos y razonables, no focalizados en la producción sino en las utilidades.
Ante tormentas inesperadas, como es ahora la del Estrecho de Ormuz, que generan impactos fuertes en los costos productivos e inestabilidad en el comercio mundial, es imperioso que las reglas de juego internas sean cada vez más previsibles y los cambios pendientes se apliquen en el menos tiempo posible.


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